investigación: Domènec Corbella
 

El destino lo lleva a nacer en el Valle del Corb (Cataluña central). Vive y trabaja en Barcelona des de 1968. Entre 1980-82, realiza estudios de doctorado en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña y en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona. En 1985 se doctora en Bellas Artes y su tesis es publicada con motivo del Año Miró de 1993 y por Artist Publishing de Taiwán, en el 1997 en el idioma chino. Desde 1987, ocupa distintos cargos académicos en la Facultad de Bellas Artes. Profesor titular y Catedratico de Universidad en Proyectos pictóricos desde 1988. Dirige y forma parte de distintos equipos de innovación docente y de investigación; miembro de comisiones y de la Junta consultiva del rectorado de la U.B. Coherente con sus principios vocacionales, ha desarrollado un dilatado proceso creativo que pasa por distintas etapas y con ello, ha dejado el testimonio pictórico de su espíritu: existencialista; informalista; expresionista; mediterráneo; intimista y esencialista, en numerosas exposiciones nacionales e internacionales. Posee obra en importantes fondos de colecciones públicas y privadas.

 

El espíritu del paisaje

El descubrimiento moderno de la naturaleza como paisaje, no se debe a un pintor sino a un hombre de letras Francesco Petrarca (1304-1374), quién tras la contemplación y lograr una conciencia del mundo, se encontró con un dilema, ante un combate entre lo exterior y lo interior, entre el mundo y el alma. Des de entonces, esa dualidad ha sido y será el eterno debate de todo pintor o creador.

Asimismo, Gaspar David Friedrich, expresó de modo parecido este antagonismo, cuando dijo: “Cierra el ojo corporal para que puedas ver primero la imagen con el ojo espiritual. A continuación, haz salir la luz lo que has contemplado en la oscuridad, para que ejerza su efecto en otros de fuera hacia adentro”. La existencia de un ojo interno llamado espiritual, según Friedrich,  nos permite tomar la distancia suficiente para que la realidad y el sentido común no nos impida ver o vislumbrar el mundo interior que hace posible la utopía de la creación.

Más cercano en el tiempo, Piet Mondrian, nos expresa un concepto parecido: “La apariencia natural, la forma natural, el color natural, el ritmo natural, las relaciones naturales a menudo expresan lo trágico(…) Debemos liberarnos de nuestras ataduras externas, solo entonces trascendemos lo trágico y podemos contemplar conscientemente el reposo inherente a todas las cosas”. De modo paralelo y ciertamente más radical fue su contemporáneo The Van Doesburg, quien abogó por un sometimiento de la naturaleza, para evitar caer en la esclavitud o representación servil de ésta, en la que cayeron sus antecesores.

El poeta, acostumbrado a mirar dentro de su pensamiento, probablemente le resulte más fácil, ver lo invisible o borrar lo visible. Recuerdo una cierta canción latinoamericana que expresa en forma de haiku una manera de mirar interna muy gráfica, en el fondo, puede considerarse una experiencia sinestésica, dice: “El espacio que dejaste yo lo puedo dibujar”. Personalmente comparto la idea del paisaje según el espacio mental del recuerdo, de la experiència y la huella dejada por éste, de manera que las puedo dibujar o pintar, como la canción.

Las neurociencias o más concretamente el neuroesteta Samir Kefi, afirma que poseemos un cerebro visual que nos permite conceptualizar lo que vemos, de tal manera que nuestro cerebro transforma la realidad adquirida, en una visión conceptualizada sintéticamente. Por otra parte, este concepto visual sintético se entremezcla, se tiñe además con lo emotivo, con lo cual obtenemos una imagen ilusoria, irreal, reinventada, en una palabra creada, más o menos utópica que da lugar a los llamados paisajes mentales.

Fue gracias a una aproximación estética oriental, que descubrí el verdadero paisaje. En dichas estéticas, el paisaje siempre ha sido mucho más importante que el hombre mismo, y asimismo descubrí que el hombre que busca la naturaleza original, tiene necesidad de ir en busca de los árboles, de los prados, de los valles y de las montañas, es así como lentamente me adentré en una visión macrocósmica del paisaje.

Si el color es importante porqué es lo primero que visualizamos mentalmente, la línea, como verán me parece igualmente fundamental. La línea es sagrada como las letras, dibuja glípticamente un surco como el buril en el grabado, de modo que hace vislumbrar estratos de color inferiores. Sin línea no existiría el horizonte, ni el cultivo, ni las olas. La línea delimita y proyecta a la vez, acota y se propaga a la vez, construye y deforma a la vez, modela y confiere topográficamente relieve y ritmo al campo visual pictórico paisajista.

La presencia del “repeating patterns en el paisaje cultivado por el hombre, es decir la repetición organizada de múltiples elementos naturales, es otro de los aspectos más sugerentes que conduce al espectador a un cierto abandono de sí mismo. Freud demostró la importancia de la repetición en el funcionamiento del aparato psíquico, desde el punto de vista de la creación; el apremio de la repetición encuentra su satisfacción gracias a la economía de la sublimación.

En el fondo la pintura, suele plasmar mucho mejor aquello que anhelamos, que lo que somos y el paisaje es un buen medio para alcanzar la serenidad o el éthos de paz que soñamos y necesitamos.


Domènec CORBELLA
(Resumen de la ponéncia presentada: Rencontres d’Iconographie contemporaine. Université de Toulouse le Mirail, 2008)