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El
arte no es una particularidad curiosa, ni una anomalía en el edificio
de la ciencia; de hecho no es, en absoluto, una ciencia en el sentido moderno
del término, ni tampoco un ámbito encerrado en sí mismo
como un apéndice cultural. Es un modo propio y general de afrontar
la complejidad y de elaborar configuraciones que fijen la imagen interior
de los fenómenos, la expansión de la vida y el crecimiento
de la conciencia. Queremos afrontar el fenómeno de la configuración
de formas como una experiencia de conocimiento, como una experiencia de
totalidad. Entendemos por experiencia toda modalidad de conciencia y conocimiento.
En este sentido, no tan sólo experimentamos sensaciones con el ojo
sensible, sino también con el ojo de la mente, que puede experimentar
el discurrir de nuestros pensamientos, de nuestras ideas y de nuestra imaginación.
De la misma forma, también podemos experimentar el espíritu
o el absoluto con el ojo de la contemplación. El arte es uno de los
conocimientos más completos, ya que precisa del ejercicio de los
tres ojos del conocimiento, lo que requiere una preparación muy particular.
En todos los casos, experiencia es sinónimo de percepción
directa. De aquello inmediatamente dado, de intuición y, por tanto,
de mirada, de imagen y de contemplación. La mirada del artista siempre
es distinta de la del teórico o científico. Es otra forma
de mirar. El artista puede teorizar sobre lo que ve y sobre cómo
lo ve, pero su teoría, la plasmación de su pensamiento, su
reflexión, no se produce mediante el lenguaje diacrónico de
la palabra, sino gracias al lenguaje sincrónico de las formas visuales.
Puede apalabrar la experiencia, pero nunca explicarla, porque no pretende
ni puede pretender diseñar una teoría capaz de predecir un
nuevo acontecimiento o la configuración de una nueva imagen, ni tampoco
se propone elaborar proposiciones irrefutables. Puede analizar qué
y cómo lo ve, pero su análisis siempre empobrece la experiencia;
nunca puede reducir esta experiencia de totalidad a una fórmula,
a un método, ni a nada por el estilo. A sí mismo, como centro
de esta experiencia, tampoco puede reducirse a otra cosa que no sea a él
mismo. En nuestro propósito experimental, el objetivo sólo
sirve para designar unidades de conceptos o franjas de percepción,
nunca realidades objetivas. Después de cada interrogante, nos hemos
de preguntar de dónde viene este interrogante, con el cual, y todavía
sin respuesta, hacemos siempre presentes los movimientos de nuestra conciencia,
que da el valor justo a las acciones y no se puede separar de nuestra experiencia,
ya que la constituye. |
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